Un verano en Mallorca

              Pedro Secorún

Texto publicado en:  "Joan Palet una mirada íntima", 2006

FUNDACIÓ PALAU , CENTRE D'ART 

Caldes d'Estrach

 

S’Arracó, Mallorca. Verano canicular. Joan Palet tenía 82 años. Su casa estaba situada en una pequeña colina; a media mañana, las brisas térmicas aparecían puntuales y atenuaban el calor. A medida que el sol se levantaba, las cigarras extendían su monótono canto por el valle. En este paisaje mallorquín tan querido por el pintor, Joan Palet se fundía con el entorno como una forma más.

Palet se levantaba a las siete de la mañana, cogía su carretón, donde llevaba la caja de pinturas y el caballete, y se adentraba en los campos de olivos en busca de un lugar donde plantar su figura fibrosa, tan acostumbrada a andar. Y durante las agradables mañanas de verano continuaba pintando sin parar mientras observaba, con ojos nuevos cada día, las retorcidas formas de los árboles centenarios. A las dos del mediodía regresaba a casa un poco cansado, pero completamente feliz.

De hecho, eso es lo que hizo desde que tuvo uso de razón y el dibujo y la pintura se convirtieron en la columna vertebral de su existencia. Detenerse ante las cosas y las personas, y desentrañar su belleza para pintarla o dibujarla. Mirarlo todo con ojos de artista fue una inevitable actitud vital. En medio de los avatares de la vida, dibujar y pintar, era para este artista un acto de redención. La mano que asía el carboncillo, el pincel o el pastel, estaba siempre en disposición de captar el mundo que sus sentidos percibían. Este mundo no resulta evidente a todos, pero Joan Palet lo reproducía y recreaba a partir de una forma de ser y de estar, en la que subyacía siempre una fuerza interior irrefrenable.

Era el mismo impulso que a los 14 años, mientras se encontraba en el taller familiar del barrio barcelonés de Sants, le empujaba a dibujar con tiza en el suelo o a utilizar una y otra vez los papeles de estraza hasta gastarlos para retratar a familiares, amigos y clientes.

 

Joan Palet pronto conoció la pasión del dibujante: le fue dada la gracia de poder captar, como pocos pueden hacerlo, el alma de las personas en un retrato, de poder llegar al fondo oculto de una mirada y, con el gesto rápido de su mano, hacerla aflorar en el papel o el lienzo, en este acto mágico que siempre es hilvanar un trazo.

Era un hombre de horarios largos, un trabajador incansable, poseído por su trabajo. Para alguien que había descubierto el gozo del arte y la profunda vocación en la más tierna infancia, desempeñar su ltarea era la única forma coherente de ser en esta vida.

En s’Arracó, las cigarras callaban al atardecer y en ese instante, aumentaba el clamor de los cencerros de las ovejas que pacían bajo los olivos. Desde la terraza de su casa, tras unos momentos de descanso y de lectura, cercana ya, la larga y agradable puesta de sol estival, volvía a tomar algún apunte y pintaba un rato más. En esta hora en que la luz se mueve rápido y se hace más fugaz, a la vez que acogedora, se deleitaba cada segundo en el gozo enorme de las cosas simples que tanto apreciaba. Era su forma de abrirse al mundo, dispuesto a recibir y a dejarse sorprender de nuevo.

La historia de Joan Palet se funde con la historia del país en el que tantas personas se encontraron de repente, habitando un mundo extraño después de una guerra cruel. Una corriente de cultura que era la suya había desaparecido; lo llevó lo mejor que pudo, y aunque su silencio era el silencio de una derrota –la derrota de un mundo civilizado que provenía de la tradición europea y del novecentismo catalán y que se vació en un largo túnel de oscuridad–, la labor del artista logró hallar su camino.

Las obras que se muestran en esta exposición son un ejemplo de ello. Joan Palet era un hombre modesto hasta la exageración y, siguiendo el dictado de su carácter prudente y discreto, pasó de puntillas por la vida como si no quisiera hacer ruido ni molestar a nadie. Dejó una obra poco conocida por el gran público, pero de una calidad y una fuerza sorprendentes. Redescubrir a un dibujante y pintor como él es ahora un acto de justicia.